por eso la explosión, cuando llegó, sonó como el fin del mundo.
Lo llamo una explosión, porque eso fue lo que pareció cuando se desató. Un instante antes, un silencio soñador lo inundaba todo, roto tan solo por el viejo Heppenstall hablando de nuestro deber hacia el prójimo; y luego, de repente, una especie de chillido penetrante y estridente que se te metía justo entre los ojos, te recorría toda la columna vertebral y te salía por las plantas de los pies.
“ Ee -ee-ee-ee-ee! Oo-ee! Ee-ee-ee-ee!”
Sonaba como a unos seiscientos cerdos a los que les torcían la cola simultáneamente, pero era simplemente el muchacho Harold, que parecía estar sufriendo alguna clase de ataque. Daba saltos y se golpeaba la nuca. Y más o menos cada dos segundos tomaba aire profundamente y soltaba otro de los chillidos.
Bueno, o sea, uno no puede hacer esa clase de cosas en plena mitad del sermón del servicio vespertino sin levantar comentarios. La congregación salió de su trance de golpe y se subió a los bancos para tener mejor vista. El viejo Heppenstall se detuvo en mitad de una frase y dio media vuelta. Y un par de pertigueros con una gran presencia de ánimo saltaron por el pasillo central como leopardos, recogieron a Harold, que seguía chillando, y se lo llevaron a rastras. Desaparecieron en la sacristía, y yo agarré mi sombrero y salí corriendo zumbando