desbocó!»
“Si estuviera en tu lugar, estaría espantosamente animado. Considero que esto es bastante fácil para ti”.
Dio una especie de chillido, se me quedó mirando un momento y luego empezó a hablar de Nueva York de un modo que me recordó a Jimmy Mundy, el amiguete reformador.
Jimmy acababa de llegar a Nueva York en una campaña evangelizadora, y yo me había pasado por el Garden un par de días antes, durante media hora más o menos, para escucharle.
¡Le había soltado a Nueva York unas cuantas verdades como puños sobre sí misma, ya que al parecer le había cogido manía al sitio, pero, caramba, ya sabes, ¡el querido y viejo Rocky hizo que pareciera un agente de prensa de la vieja metrópoli!
—¡Qué bicoca! —exclamó. > —¡Tener que venir a vivir a Nueva York! ¡Tener que dejar mi casita de campo y meterme en un cuchitril sofocante, mal oliente y recalentado en esta Gehena purulienta y abandonada de la mano de Dios! ¡Tener que codearme noche tras noche con una chusma que cree que la vida es una especie de baile de San Vito, y se imagina que se lo está pasando bien porque hace ruido como para seis y bebe más que para diez! Detesto Nueva York, Bertie. No me acercaría por este sitio si no tuviera que ver a los editores de vez en cuando. Pesa una maldición sobre él. Padece del delirium tremens moral. Es el colmo. Solo