no preguntaste el camino?”
“No sé ni una palabra de francés”.
—Bueno, ¿por qué no llamaste a un taxi?
“De repente descubrí que me había dejado todo el dinero en el hotel”.
“Podrías haber tomado un taxi y haberlo pagado al llegar al hotel”.
—Sí, pero de repente descubrí, caramba, que había olvidado su nombre.
Y ahí tienen en pocas palabras a Charles Edward Biffen. Un tipo tan despistado y atolondrado como los que hay pocos. Dios sabe —y mi tía Ágatha no me dejará mentir en esto— que yo no soy ninguna lumbrera; pero, comparado con Biffy, soy uno de los grandes pensadores de todos los tiempos.
—Daría un chelín —dijo Biffy, con añoranza—, por saber el nombre de