tampoco! Debo de habérmelo dejado en el despacho de Sippy. Espere aquí, Jeeves, mientras voy a buscarlo.
“Muy bien, señor.”
“Tengo mucho que decirte.”
“Gracias, señor”.
Subí corriendo las escaleras a todo galope y me lancé por la puerta. Y algo blandengue me cayó en el cuello, y al minuto siguiente el mundo entero era una masa compacta de harina.
En la agitación del momento me había metido por la puerta equivocada; y todo se reduce a que, si a alguno de mis amigos le vuelve a dar por tener complejos de inferioridad, más le vale quitárselos él solito.
Se acabó lo que se daba con Bertram.