Ha ocurrido con tanta frecuencia en los últimos años que jóvenes que empiezan en mi profesión hayan venido a pedirme un consejo, que ahora me ha resultado práctico condensar mi sistema en una breve fórmula.
«Recursos y tacto», ese es mi lema. El tacto, por supuesto, siempre ha sido para mí un sine qua non, mientras que en cuanto a los recursos, creo que puedo decir que por lo general me he apañado para mostrar cierto mínimo de lo que podría llamar finura al manejar esos pequeños contratiempos que inevitablemente surgen de vez en cuando en la vida diaria del criado personal de un caballero.
Se me ocurre, a modo de ejemplo, el Episodio de la Escuela para Señoritas en Brighton, un asunto del que creo que se puede decir que comenzó una tarde en el momento en que le llevé al señor Wooster su whisky y su sifón y este me estalló con una petulancia tan notable.
No poco taciturno había estado el señor Wooster durante algunos días, muy lejos de su habitual y alegre semblante. Esto lo había atribuido yo a la reacción natural debida a un ligero ataque de gripe que venía padeciendo; y, por supuesto, no hice caso, limitándome a cumplir con mis deberes como de costumbre, hasta que en la tarde de la que hablo mostró esta notable petulancia cuando le llevé su güisqui con el sifón.
—¡Vaya,