preguntas.
“Muy bien, señor.”
—Oiga, pero, ¡digo yo...!, —empecé, pero me dejó allí plantado. Salió a grandes zancadas, seguido por Jeeves. Y en ese momento el escándalo en el dormitorio volvió a empezar, más fuerte que nunca.
Ya estaba bastante harto de todo el asunto. Digo, gatos en el dormitorio... un poco fuerte, ¿no? No sabía cómo demonios habían entrado, pero estaba firmemente decidido a que no iban a seguir de pícnic allí ni un minuto más. De par en par abrí la puerta. Tuve la fugaz visión de unos ciento quince gatos de todos los tamaños y colores armando una gresca en mitad de la habitación, y luego salieron disparados a toda carrera pasándome por al lado y salieron por la puerta principal; y lo único que quedó de aquella escena multitudinaria fue la cabeza de un pez descomunal, tirada en la alfombra y mirándome fijamente con aire bastante severo, como si exigiera una explicación por escrito y una disculpa.
Había algo en la expresión de aquella cosa que me heló por completo la sangre, y me retiré de puntillas y cerré la puerta. Y, al hacerlo, me tropecé con alguien.
—¡Oh, perdón! —dijo él.
Me volví de golpe. Era el tipo de cara rosada, lord No-sé-qué, el sujeto que había conocido con Claude y Eustace.
—Oiga —dijo con tono disculpado—, discúlpeme la molestia, pero esos que acabo de ver bajando a toda