Dudo que dos pájaros jóvenes hubieran podido saber menos sobre cómo llevar una casa, de lo que sabíamos mi linda Dora y yo.
Teníamos una criada, por supuesto. Ella llevaba la casa por nosotros. Todavía conservo la secreta convicción de que debía de ser hija de la señora Crupp disfrazada, tal fue la época espantosa que pasamos con Mary Anne.
Se llamaba Paragon. Cuando la contratamos, se nos aseguró que su naturaleza apenas hacía honor a su nombre. Tenía una recomendación escrita, grande como un bando público; y, según este documento, sabía hacer todo lo que concierne a la vida doméstica de lo que jamás haya oído hablar, y muchas otras cosas de las que nunca había oído hablar.
Era una mujer en la flor de la vida; de semblante severo; y propicia (particularmente en los brazos) a una especie de sarampión perpetuo o sarpullido encendido.
Tenía un primo en los Guardias de Corps, con unas piernas tan largas que parecía la sombra vespertina de cualquier otra persona. Su casaca le quedaba tan pequeña a él como él grande al recinto. Hacía que la cabaña pareciera más pequeña de lo necesario debido a su desproporción tan exagerada con respecto a ella. Además de lo cual, las paredes no eran gruesas, y, siempre que pasaba la tarde en nuestra casa, nos enterábamos de ello al oír un continuo murmullo en la cocina.
Nuestro tesoro era garantizado sobrio y honesto. Por lo tanto, estoy dispuesto a creer que le dio un ataque cuando la encontramos bajo la caldera; y que las cucharillas de té faltantes se le debían al basurero.
Pero ella se apodería de nuestras mentes de manera espantosa. Sentíamos nuestra inexperiencia y éramos incapaces de ayudarnos a nosotros mismos. Habríamos estado a su merced, si hubiera tenido alguna; pero era una mujer implacable y no tenía ninguna. Ella fue la causa de nuestra primera pequeña discusión.