Si me daba el menor motivo para pensarlo, iría a Lowestoft y lo evitaría trayéndomelo conmigo.
Pedí la cena a toda prisa y volví al astillero. No llegué ni un momento antes de tiempo; pues el constructor de barcos, con un farol en la mano, estaba cerrando con llave la puerta del astillero. Se rio de buena gana cuando le hice la pregunta y dijo que no había temor; ningún hombre en su sano juicio, ni fuera de él, se echaría a la mar con semejante vendaval, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para la vida marinera.
Tan consciente de esto de antemano, que en realidad me había sentido avergonzado de hacer lo que, sin embargo, me veía impulsado a hacer, regresé a la posada. Si tal viento podía levantarse, creo que se estaba levantando. El aullido y el rugido, el traqueteo de las puertas y ventanas, el retumbo en las chimeneas, el aparente balanceo de la propia casa que me cobijaba y el prodigioso tumulto del mar