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nydus/David CopperfieldPublic
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XVII. Alguien aparece

cultivo que, sin su conocimiento de los hombres y de las cosas, requeriría, aun así es un suelo rico que rebosa de vegetación latente; en resumen —dijo el señor Micawber, sonriendo, en otro acceso de confianza—, es un intelecto capaz de ponerse al día con los clásicos hasta cualquier punto.

Uriah, con sus largas manos torciéndose lentamente la una sobre la otra, hizo una espantosa contorsión de cintura para arriba, para expresar su conformidad con esta opinión sobre mí.

—¿Vamos a ver a la señora Micawber, señor? —dije para apartar al señor Micawber.

—Si le haces ese favor, Copperfield —respondió el señor Micawber, poniéndose de pie—, no tengo reparo en declarar, en presencia de nuestros amigos aquí reunidos, que soy un hombre que, desde hace algunos años, lucha contra la presión de las dificultades pecuniarias. Yo sabía muy bien que acabaría diciendo algo por el estilo; siempre presumía de sus apuros de aquel modo. —A veces he logrado sobreponerme a mis dificultades. A veces mis dificultades me han—en suma, me han tumbado. Ha habido ocasiones en las que les he propinado una serie de golpes directos; ha habido ocasiones en las que ellas han podido conmigo, he bajado los brazos y le he dicho a la señora Micawber, en palabras de Catón: «Platón, bien razonas. Se acabó todo. Ya no puedo dar batalla». Pero en ningún momento de mi vida —dijo el señor Micawber— he experimentado un grado de satisfacción mayor que al verter mis penas (si es que puedo calificar así a unas dificultades derivadas principalmente de mandamientos de apremio y pagarés a dos y cuatro meses) en el seno de mi amigo Copperfield.

El señor Micawber cerró este hermoso tributo diciendo: «¡Señor Heep! Buenas noches. ¡Señora Heep! Su servidor», y luego salió caminando conmigo a su manera más elegante, haciendo bastante ruido en la acera con sus zapatos y tarareando una melodía mientras íbamos.

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