Agnes
Mi tía y yo, cuando nos quedamos solas, estuvimos conversando hasta bien entrada la noche.
Cómo los emigrantes nunca escribían a casa si no era con alegría y esperanza; cómo el señor Micawber había remesado en realidad varias sumas pequeñas de dinero a cuenta de aquellas «responsabilidades pecuniarias» respecto de las cuales se había mostrado tan formal de hombre a hombre; cómo Janet, al reincorporarse al servicio de mi tía cuando esta volvió a Dover, había llevado a fin de cuentas a cabo su renuncia al género humano contrayendo matrimonio con un próspero tabernero; y cómo mi tía había sellado por fin aquel gran principio al socorrer y secundar a la novia y coronar la ceremonia nupcial con su presencia; figuraban entre nuestros temas de conversación —ya más o menos conocidos por mí a través de las cartas que había recibido—.
El señor Dick, como de costumbre, no fue olvidado. Mi tía me contó cómo se ocupaba incesantemente en copiar todo lo que caía en sus manos, manteniendo a Carlos Primero a una distancia prudencial con esa apariencia de empleo; cómo constituía uno de los mayores goces y galardones de su vida que él fuese libre y feliz, en vez de consumirse en un encierro monótono; y cómo (como conclusión general y novedosa) nadie más que ella podría llegar a saber jamás cómo era en realidad.
—Y cuándo, Trot —dijo mi tía, dándome palmadas en el dorso de la mano, mientras estábamos sentados a la antigua usanza ante el fuego—, ¿cuándo vas a ir a Canterbury?
—Conseguiré un caballo y montaré hacia allá mañana por la mañana, tía, ¿a no ser que quieras venir conmigo?