Me dio una palmada en la cabeza; pero por alguna razón, él no me gustaba ni tampoco su voz profunda, y me daba celos que su mano rozara la de mi madre al tocarme, cosa que hizo. La aparté, tan bien como pude.
—¡Oh, Davy! —reprochó mi madre.
—¡Querido muchacho! —dijo el caballero—. ¡No me extraña su devoción!
Nunca antes había visto un color tan hermoso en el rostro de mi madre. Me reprensó suavemente por haber sido grosero; y, manteniéndome junto a su chal, se volvió para agradecer al caballero por haberse tomado la molestia de traerla a casa. Le tendió la mano mientras hablaba y, al encontrar esta la suya, me pareció que me miraba de soslayo.
—Digamos «buenas noches», mi buen muchacho —dijo el caballero, después de haber inclinado la cabeza —¡lo vi!— sobre el pequeño guante de mi madre.
—¡Buenas noches! —dije.
—¡Ven! ¡Seamos los mejores amigos del mundo! —dijo el caballero, riendo—. ¡Estrechemos la mano!
Mi mano derecha estaba en la izquierda de mi madre, así que le di la otra.
—¡Vaya, esa es la mano equivocada, Davy! —se rió el caballero.
Mi madre tiró de mi mano derecha hacia adelante, pero yo estaba decidido, por la razón antes dicha, a no dársela, y no lo hice. Le di la otra, y él la meció con fuerza, dijo que yo era un muchacho valiente y se marchó.
En este minuto le veo volverse en el jardín y dedicarnos una última mirada con sus mal agoreros ojos negros, antes de que se cerrara la puerta.