podido imaginar que el viento real que serpenteaba tristemente alrededor de la casa, y murmuraba bajito en medio de nuestro silencio ininterrumpido, estaba allí para escuchar.
En cuanto a la señora Gummidge, despertó a aquella víctima del desaliento con un éxito que nadie más había logrado (según me informó el señor Peggotty), desde el fallecimiento del difunto. Le dejó tan poco tiempo para sentirse desgraciada, que al día siguiente ella dijo que creía haber estado embrujada.
Pero no acaparó la atención general ni la conversación. Cuando la pequeña Em’ly cobró más valor y me habló (aunque aún con timidez) desde el otro lado del fuego acerca de nuestros viejos deambulares por la playa para recoger conchas y guijarros; y cuando le pregunté si recordaba cómo solía estar consagrado a ella; y cuando ambos reímos y nos enrojecimos al dirigir esas miradas hacia los hermosos tiempos de antaño, tan irreales ahora a la vista; él guardó silencio y atención, y nos observó pensativo.