Una de nuestras primeras proezas en el terreno doméstico fue una pequeña cena para Traddles.
Me lo encontré en la ciudad y le pedí que me acompañara a dar un paseo hasta casa aquella tarde. Como accedió de buen grado, le escribí a Dora diciéndole que lo llevaría conmigo. Hacía buen tiempo, y por el camino convertimos mi felicidad doméstica en el tema de nuestra conversación.
Traddles estaba muy entusiasmado con el asunto y dijo que, al imaginarse con un hogar así, y con Sophy esperándolos y preparándose para él, no se le ocurría qué más faltaba para completar su dicha.
No podría haber deseado una mujercita más bonita al otro extremo de la mesa, pero sin duda habría deseado, al sentarnos, un poco más de espacio. No sabía a qué se debía, pero aunque solo éramos dos, enseguida nos faltaba sitio y, sin embargo, siempre teníamos espacio de sobra para perderlo todo. Sospecho que podía ser porque nada tenía su propio lugar, excepto la pagoda de Jip, que invariablemente bloqueaba la vía principal.
En esta ocasión, Traddles estaba tan acorralado por la pagoda, el estuche de la guitarra, los cuadros de flores de Dora y mi mesa de escritorio, que albergaba serias dudas sobre la posibilidad de que usara su cuchillo y su tenedor; pero él protestó, con su habitual buen humor: «¡Océanos de espacio, Copperfield! ¡Te lo aseguro, océanos!».
Hubo otra cosa que habría deseado, a saber, que a Jip nunca se le hubiera alentado a pasearse por el mantel durante la cena. Empecé a pensar que había algo desordenado en su presencia allí, incluso si no hubiera tenido la costumbre de meter la pata en la sal o en la mantequilla derretida.