solían hacerlo. Pero no evocan ningún sentimiento de repugnancia o desgana. Por el contrario, me parece haber recorrido un sendero de flores hasta el libro del cocodrilo, y haber avanzado todo el camino alentado por la dulzura de la voz y los modales de mi madre. Pero aquellas solemnes lecciones que siguieron a las anteriores las recuerdo como el golpe de gracia para mi paz, y como una penosa tarea rutinaria y una miseria cotidianas. Eran muy largas, muy numerosas, muy difíciles —algunas de ellas perfectamente ininteligibles para mí— y por lo general me sentía tan desconcertado por ellas como creo que lo estaba mi pobre madre.
Déjame recordar cómo solía ser, y traer una mañana de vuelta.
Entro en la segunda mejor salita después de desayunar, con mis libros, un cuaderno de ejercicios y una pizarra.
Mi madre me espera en su escritorio, pero ni con la mitad de disposición que el señor Murdstone en su sillón junto a la ventana (aunque finge leer un libro), o que la señorita Murdstone, sentada cerca de mi madre ensartando cuentas de acero.
La mera presencia de estos dos ejerce tal influencia sobre mí, que empiezo a notar cómo las palabras que me he costado un esfuerzo infinito retener en la cabeza se escapan y se van no sé dónde. A propósito, ¿adónde irán a parar?
Le tiendo el primer libro a mi madre. Tal vez sea una gramática, tal vez una historia o de geografía. Lanzo una última mirada, como de náufrago, a la página al dárselo, y empiezo en voz alta a toda velocidad mientras lo tengo fresco. Tropiezo con una palabra. El señor Murdstone levanta la vista. Tropiezo con otra palabra. La señorita Murdstone levanta la vista. Me pongo rojo, me tropiezo con media docena de palabras y me detengo.