el señor Omer, guiñando un ojo—, cuando arremete contra algo. Una vez, elefante. Dos veces. ¡Tres veces!»
A esta señal, el pequeño elefante, con una destreza casi maravillosa en un animal tan pequeño, giró la silla de un golpe con el señor Omer dentro y la metió a toda velocidad, en desbandada, en el saloncito, sin tocar el quicio de la puerta: el señor Omer disfrutaba indescriptiblemente de la función y me miraba por encima del hombro durante el trayecto como si fuera el resultado triunfal de los esfuerzos de toda su vida.
Después de un paseo por el pueblo, fui a la casa de Ham.
Peggotty se había mudado allí definitivamente y había alquilado su propia casa al sucesor del señor Barkis en el negocio de transporte, quien le había pagado muy bien por la clientela, el carro y el caballo.
Creo que el mismísimo caballo lento que conducía el señor Barkis seguía trabajando.