que me habían arrancado de su lado para venir aquí, donde nadie parecía quererme ni importarle un bledo, ni la mitad de lo que a ella le importaba. Esto hizo que fuera un asunto tan sumamente desgraciado, que me envolví en un rincón de la colcha y lloré hasta quedarme dormido.
Me despertó alguien que decía: «¡Aquí está!» y me descubrió la cabeza caliente. Mi madre y Peggotty habían venido a buscarme, y había sido una de ellas quien lo había hecho.
—Davy —dijo mi madre—. ¿Qué te pasa?
Me pareció muy extraño que me preguntara eso, y le contesté: «Nada».
Me volví boca abajo, según recuerdo, para ocultar mi labio tembloroso, que le contestaba con mayor verdad.
—Davy —dijo mi madre—. ¡Davy, hijo mío!
Me atrevo a decir que ninguna palabra de las que hubiera podido pronunciar me habría afectado tanto, entonces, como el que me llamara su hijo. Oculté mis lágrimas entre las sábanas y la aparté con la mano cuando quiso incorporarme.
—¡Esto es obra tuya, Peggotty, criatura cruel! —dijo mi madre—. No me cabe la menor duda. ¿Cómo puedes conciliar con tu conciencia, me pregunto, indisponer a mi propio hijo contra mí, o contra cualquier persona que me sea querida? ¿Qué pretendes con esto, Peggotty?
La pobre Peggotty levantó las manos y los ojos, y se limitó a responder, en una especie de paráfrasis de la gracia que yo solía repetir después de cenar: «¡Que el Señor la perdone, señora Copperfield, y por lo que acaba de decir en este momento, ojalá no tenga que arrepentirse de veras jamás!».