encontraba en Doctors' Commons, estaba muy solo. Creo que por entonces albergaba cierta desconfianza oculta hacia Steerforth. Le escribí con gran afecto en respuesta a su carta, pero creo que, en el fondo, me alegré de que no pudiera venir a Londres en aquel momento. Sospecho que la verdad es que la influencia de Agnes obraba en mí, sin la perturbación de su presencia, y que era tanto más poderosa cuanto mayor parte ocupaba ella en mis pensamientos e intereses.
Entre tanto, los días y las semanas se fueron escurriendo. Estaba contratado como pasante en la firma Spenlow y Jorkins. Recibía noventa libras al año (sin contar el alquiler de la casa y otros asuntos accesorios) de parte de mi tía. Mis habitaciones estaban alquiladas por un período fijo de doce meses; y aunque todavía las encontraba sombrías al atardecer y las tardes se me hacían largas, lograba instalarme en un estado de melancolía apacible y resignarme al café; el cual, según recuerdo al mirar atrás, debí de tomar por galones por aquella época de mi existencia.
Por entonces también, hice tres descubrimientos:
- primero, que la señora Crupp era mártir de un curioso trastorno llamado «los espasmos», que por lo general venía acompañado de inflamación en la nariz y exigía ser tratado constantemente con menta;
- segundo, que algo peculiar en la temperatura de mi despensa hacía que las botellas de brandy estallaran;
- tercero, que estaba solo en el mundo y muy dado a consignar esa circunstancia en fragmentos de versificación inglesa.
El día en que fui admitido como pasante, no hubo más festejo que el haber llevado sándwiches y jerez a la oficina para los dependientes, y haber ido solo al teatro por la noche. Fui a ver El extranjero, una obra muy