Inglaterra; una vieja herradura, un chelín falso, un trozo de alcanfor y una concha de ostra. Por la circunstancia de que este último objeto estaba muy pulido y mostraba colores prismáticos en su interior, deduzco que el señor Barkis tenía algunas ideas generales sobre las perlas, que nunca llegaron a concretarse en nada definido.
Durante años y años, el señor Barkis había llevado esta caja en todos sus viajes, todos los días. Para que pasara más desapercibida, se había inventado la ficción de que pertenecía al «señor Blackboy» y que «debía dejarse en poder de Barkis hasta que la reclamaran»; una patraña que había escrito minuciosamente en la tapa, con unos caracteres que ahora apenas se distinguían.
Había ahorrado, durante todos esos años, según descubrí, con un buen propósito.
Su patrimonio en dinero ascendía a casi tres mil libras.
De esta suma legó los intereses de mil al señor Peggotty de por vida; a su fallecimiento, el capital debía dividirse en partes iguales entre Peggotty, la pequeña Emily y yo, o el sobreviviente o sobrevivientes de nosotros, en partes iguales.
Todo lo demás que poseía al morir, se lo legó a Peggotty, a quien dejó como heredera universal y única albacea de aquel su último testamento.
Me sentí todo un procurador cuando leí este documento en voz alta con toda la ceremonia posible y expuse sus disposiciones, infinidad de veces, a aquellos a quienes concernían.
Empecé a pensar que en Doctors' Commons había más de lo que había supuestos. Examiné el testamento con la más profunda atención, lo declaré perfectamente en regla en todos los aspectos, hice un par de marcas de lápiz en el margen y me pareció bastante extraordinario saber tanto.