Pensé que nunca le había visto a Ham una sonrisa que se parezca ni por asomo a aquella con la que se quedó sonriéndonos ahora.
—¿Qué va y hace este bendito alquitranado de aquí —dijo el señor Peggotty, con el rostro convertido en un radiante mediodía de regocijo—, sino perder ese bendito corazón suyo por nuestra pequeña Em’ly? La sigue a todas partes, se convierte en una especie de sirviente suyo, pierde en gran medida el apetito por la comida y, a la larga, me deja bien claro lo que le pasa.
Ahora bien, por mi parte, ya ve, me gustaría que nuestra pequeña Em’ly estuviera en vías de casarse. Me gustaría verla, al menos, comprometida con un hombre honrado que tuviera derecho a defenderla. No sé cuánto tiempo viviré, ni cuán pronto moriré; pero sé que si zozobrase una noche cualquiera, en medio de un vendaval por las aguas de Yarmouth, y viera por última vez las luces de la ciudad brillando sobre las olas contra las que no pudiera avanzar, me iría a pique con mayor tranquilidad al pensar: «Hay un hombre en tierra firme, leal como el acero a mi pequeña Em’ly, Dios la bendiga, y ningún mal podrá tocar a mi Em’ly mientras viva ese hombre».
El señor Peggotty, con sencilla seriedad, agitó el brazo derecho, como si estuviera despidiéndose de las luces del pueblo por última vez, y luego, tras intercambiar un gesto de complicidad con Ham, a quien captó la mirada, prosiguió como antes.
—¡Vaya! Yo le aconsejo que le hable a Em’ly. Él es bien grande, pero es más tímido que una criatura, y no le gusta. Así que hablo yo. «¡Qué! ¿Él? —dice Em’ly—. ¿Él, a quien conozco con tanta intimidad desde hace tantos años, y a quien quiero tanto? ¡Ay, tío! Jamás podré tenerlo. ¡Es tan buen muchacho!». Le doy un beso, y no le digo más que: «Mi niña, haces bien en hablar con franqueza, has de elegir por ti misma, eres libre como un pajarito». Luego voy hacia él y le digo: «Ojalá hubiera podido