El tema entraña tal peligro para el sombrero, que la señorita Lavinia da otro pequeño grito y me ruega que entienda que a Dora solo se la puede mirar y bajo ningún concepto se la debe tocar.
Así pues, Dora se queda de pie en un adorable estado de confusión durante un minuto o dos, para ser admirada; y luego se quita el sombrero —¡qué natural se ve sin él!— y se escapa corriendo con él en la mano; y vuelve bajando con pasitos de baile, con su vestido de siempre, y le pregunta a Jip si tengo una esposita hermosa, y si la perdonará por haberse casado, y se arrodilla para hacerlo parar sobre el libro de cocina, por última vez en su vida de soltera.
Me voy a casa, más incrédulo que nunca, a una posada que tengo cerca; y me levanto muy temprano por la mañana para ir a caballo hasta el camino de Highgate y buscar a mi tía.
Jamás he visto a mi tía en semejante estado. Va vestida de seda color lavanda, lleva un sombrero blanco y está asombrosa. Janet la ha vestido y está ahí para mirarme.
Peggotty está lista para ir a la iglesia, con la intención de contemplar la ceremonia desde la tribuna. El señor Dick, que ha de entregarme a mi amada en el altar, se ha hecho rizar el pelo. Traddles, a quien he recogido según lo previsto en el peaje, presenta una deslumbrante combinación de color crema y azul claro; y tanto él como el señor Dick dan la impresión general de estar hechos enteramente de guantes.
Sin duda veo esto, porque sé que es así; pero ando extraviado, y me parece que no veo nada. Ni creo absolutamente nada. Aun así, mientras avanzamos en un carruaje descubierto, este matrimonio de hadas es lo bastante real como para llenarme de una especie de compasión asombrada hacia los desafortunados que no participan en él, sino que están barriendo las tiendas y yendo a sus ocupaciones cotidianas.