la señora Markleham, entre lágrimas— por cuidar de la propia familia! ¡Ojalá fuera turca!
(«¡Ojalá lo fueras, con todo mi corazón, y en tu país natal!», dijo mi tía.)
—Fue en esa época cuando mamá se mostraba más solícita con respecto a mi primo Maldon. A mí me había gustado —habló con suavidad, pero sin vacilar—: muchísimo. Habíamos sido pequeños novios en otro tiempo. Si las circunstancias no se hubieran dado de otra manera, podría haber llegado a persuadirme de que en verdad lo amaba, y podría haberme casado con él y haber sido muy desgraciada. No puede haber mayor disparidad en el matrimonio que la incompatibilidad de mente y propósito.
Reflexioné sobre esas palabras, aun mientras prestaba atención minuciosamente a lo que siguió, como si tuvieran algún interés particular, o alguna extraña aplicación que no lograba adivinar.
“No puede haber mayor disparidad en el matrimonio que la incompatibilidad de mente y propósito”—“no puede haber mayor disparidad en el matrimonio que la incompatibilidad de mente y propósito”.