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nydus/David CopperfieldPublic
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VII. Mi «primera mitad» en Salem House

—¿Sí, sí? —dijo Steerforth, volviendo atrás—. Me alegra verlos. ¿Cómo están los dos?

Había en sus modales una soltura —alegre y ligera, pero sin presunción— que todavía hoy creo que poseía una especie de encanto. Sigo creyendo que, en virtud de ese talante, de su vitalidad, de su encantadora voz, de su hermoso rostro y figura y, por lo que sé, de algún poder innato de atracción añadido (que creo que pocas personas poseen), ejercía un influjo al que era una natural debilidad rendirse, y al que no mucha gente podía resistirse. No pude por menos de ver cuán complacidos estaban con él y cómo parecían abrirle el corazón en un instante.

—Debe avisarles en casa, si hace el favor, señor Peggotty —dije—, cuando envíe esa carta, de que el señor Steerforth es muy bueno conmigo y de que no sé qué haría yo aquí sin él.

—¡Tonterías! —dijo Steerforth riendo—. No debes decirles nada por el estilo.

—Y si el señor Steerforth viene alguna vez a Norfolk o Suffolk, señor Peggotty —dije—, mientras yo esté allí, puede estar seguro de que lo traeré a Yarmouth, si él me deja, para que vea su casa. ¡Jamás has visto una casa tan buena, Steerforth! ¡Está hecha con un barco!

—Hecho de un barco, ¿no es así? —dijo Steerforth—. Es la clase de casa adecuada para un marinero tan empedernido.

—Así es, señor, así es, señor —dijo Ham, sonriendo de oreja a oreja—. ¡Tiene usted razón, joven caballero! El señor Davy bo... digo, el caballero tiene razón. ¡Un barquero de los de verdad! ¡Jor, jor! ¡Eso es lo que es él también!

El señor Peggotty no estaba menos contento que su sobrino, aunque su modestia le impedía reclamar un cumplido personal con tanta

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