Lo mismo pasaba con los sitios en los pupitres y los bancos. Lo mismo pasaba con los bosques de armazones de cama desiertos que vislumbraba de camino a mi propia cama, y cuando ya estaba en ella.
Recuerdo habersoñado noche tras noche que estaba con mi madre tal como solía ser, o que iba a una fiesta en casa del señor Peggotty, o que viajaba en el pescante de la diligencia, o que volvía a cenar con mi desafortunado amigo el camarero, y en todas estas circunstancias hacer que la gente gritara y se quedara atónita ante la infeliz revelación de que no llevaba puesto más que mi pequeña camisa de dormir y aquel cartel.
En la monotonía de mi vida, y en mi constante temor a la reapertura del colegio, ¡era una aflicción tan insoportable! Tenía largas tareas que hacer cada día con el señor Mell; pero las hacía, ya que no estaban aquí el señor ni la señorita Murdstone, y las sacaba adelante sin deshonor. Antes y después de ellas, andaba por allí, vigilado, como he mencionado, por el hombre de la pata de palo. ¡Con qué viveza recuerdo la humedad en torno a la casa, las losas verdes y agrietadas del patio, un viejo tonel de agua que goteaba y los troncos descoloridos de algunos de los árboles sombríos, que parecían haber goteado más bajo la lluvia que los demás árboles, y haberse oreado menos al sol! A la una comíamos, el señor Mell y yo, en el extremo superior de un largo y despojado comedor, lleno de mesas de pino y con olor a grasa. Luego teníamos más tareas hasta la hora del té, que el señor Mell se bebía en una taza azul y yo en un bote de lata. Todo el día, y hasta las siete u ocho de la tarde, el señor Mell, en su pupitre aislado dentro de la sala escolar, trabajaba duro con pluma, tinta, regla, libros y papel de escribir, redactando las cuentas (según descubrí) del último semestre. Cuando guardaba sus cosas para pasar la noche,