—Sobre la administración de la casa, por ejemplo —dijo la señorita Betsey.
—Mucho no, me temo —respondió mi madre—. No tanto como yo desearía. Pero el señor Copperfield me estaba enseñando...
(«¡Mucho sabía él de eso!») dijo la señorita Betsey entre paréntesis.
—«Y espero que hubiera mejorado, teniendo yo muchas ganas de aprender, y siendo él muy paciente para enseñarme, si la gran desgracia de su muerte...» —mi madre volvió a venirse abajo en este punto y no pudo continuar.
—¡Vaya, vaya! —dijo la señorita Betsey.
—Llevaba mi libro de cuentas con toda regularidad y lo cuadraba con el señor Copperfield todas las noches —exclamó mi madre en otro arranque de angustia, volviendo a venirse abajo.
—¡Vaya, vaya! —dijo la señorita Betsey—. No llores más.
—Y estoy segura de que jamás tuvimos una sola palabra de desacuerdo al respecto, excepto cuando el señor Copperfield objetaba que mis tres y mis cinco se parecían demasiado, o que les ponía rabitos rizados a mis sietes y mis nueve —prosiguió mi madre en otro arrebato, volviendo a venirse abajo.
—Te vas a poner enferma —dijo la señorita Betsey—, y ya sabes que eso no será bueno ni para ti ni para mi ahijada. ¡Vamos! ¡No debes hacerlo!
Este argumento contribuyó en parte a tranquilizar a mi madre, aunque su indisposición creciente tuvo un papel mayor. Hubo un intervalo de silencio, solo roto por las exclamaciones ocasionales de la señorita Betsey diciendo «¡Ja!», mientras estaba sentada con los pies sobre el guardafuegos.