De pie junto a la mesa, con el dedo en la página para no perder el sitio y el brazo derecho agitándose sobre su cabeza, Traddles, encarnando al señor Pitt, al señor Fox, al señor Sheridan, al señor Burke, a lord Castlereagh, al vizconde Sidmouth o al señor Canning, se encendía hasta alcanzar los ardores más violentos y profería las denuncias más fulminantes contra la disipación y la corrupción de mi tía y del señor Dick; mientras yo solía sentarme, a poca distancia, con la libreta en las rodillas, esforzándome tras él con todas mis fuerzas.
La inconsecuencia y la temeridad de Traddles no habrían podido ser superadas por ningún político de verdad. Estaba a favor de cualquier tipo de política en el espacio de una semana, y clavaba toda clase de banderas en cualquier denominación de mástil.
Mi tía, con un gran parecido a un inamovible Ministro de Hacienda, solía soltar alguna que otra interrupción, como «¡Oigan!» o «¡No!» o «¡Oh!», cuando el texto parecía requerirlo: lo cual era siempre una señal para que el señor Dick (un perfecto caballero de provincias) la secundara con entusiasmo con el mismo grito. Pero al señor Dick se le achacaron tales cosas en el curso de su carrera parlamentaria, y se le hizo responsable de tan horribles consecuencias, que a veces se sentía un tanto inquieto. Creo que de verdad empezó a temer haber estado haciendo algo que tendía a la aniquilación de la constitución británica y a la ruina del país.
Muchas y muchas veces prolongábamos estos debates hasta que el reloj marcaba la medianoche y las velas se consumían.
El resultado de tanta buena práctica fue que, poco a poco, empecé a seguirle el ritmo a Traddles bastante bien, y me habría sentido de lo más triunfante si hubiera tenido la menor idea de qué trataban mis notas. Pero en cuanto a leerlas después de haberlas tomado, ¡bien habría podido copiar las inscripciones chinas de una inmensa colección de cajones de té, o los caracteres dorados de todas las grandes botellas rojas y verdes de las boticas!