Ayer había observado que intentaba persuadir al señor Wickfield para que bebiera; e interpretando la mirada que Agnes me había dirigido al salir, me había limitado a una sola copa y propuesto luego que fuéramos a reunirnos con ella. Hoy habría hecho lo mismo, pero Uriah fue más rápido que yo.
—Raras veces vemos a nuestro actual visitante, señor —dijo, dirigiéndose al señor Wickfield, quien sentado al otro extremo de la mesa ofrecía un gran contraste con él—, y me gustaría proponer que le demos la bienvenida con otra copa o dos de vino, si no tiene inconveniente. ¡Sr. Copperfield, por su salud y felicidad!
Me vi obligado a fingir que aceptaba la mano que me tendía; y luego, con muy distintos sentimientos, tomé la mano del caballero arruinado, su socio.
—Vamos, socio —dijo Uriah—, si me permite la libertad... ¡y si tuviera a bien obsequiarnos con algo más o menos apropiado para Copperfield!
Paso por alto las propuestas del señor Wickfield respecto a mi tía, respecto al señor Dick, respecto a Doctors’ Commons, respecto a Uriah; el hecho de que se bebiera todo por partida doble; su conciencia de su propia debilidad, el esfuerzo inútil que hizo contra ella; la lucha entre la vergüenza que sentía por el comportamiento de Uriah y su deseo de congraciarse con él; la manifiesta exaltación con que Uriah se retorcía, se giraba y lo exhibía ante mí.
Me revuelve el estómago recordarlo, y mi mano se retrae al escribirlo.
—¡Vamos, socio y compañero! —dijo Uriah, por fin—. Te propongo otro, y pido humildemente que llenéis los vasos hasta el borde, ya que tengo la intención de brindar por la más divina de su sexo.