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nydus/David CopperfieldPublic
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XXXVI

Esto nos dio una nueva esperanza.

Poniendo Traddles y yo nuestras cabezas juntas y a parte, mientras el señor Dick nos observaba ansioso desde su silla, urdimos un plan en virtud del cual logramos que se pusiera a trabajar al día siguiente, con un éxito triunfal.

En una mesa junto a la ventana en Buckingham Street, dispusimos el trabajo que Traddles le había conseguido —que consistía en hacer, no recuerdo cuántas copias de un documento legal sobre algún derecho de paso—, y en otra mesa extendimos el último original inacabado del gran Memorial. Nuestras instrucciones para el señor Dick eran que debía copiar exactamente lo que tenía ante sí, sin la más mínima desviación del original; y que cuando sintiera la necesidad de hacer la más ligera alusión a Carlos I, debía volar hacia el Memorial. Le exhortamos a ser firme en esto, y dejamos a mi tía para que lo vigilara.

Mi tía nos contó, después, que, al principio, era como un hombre tocando los timbales, y dividía constantemente su atención entre ambos; pero que, al ver que esto lo confundía y fatigaba, y teniendo su copia allí, claramente ante sus ojos, no tardó en sentarse a ello de una manera ordenada y profesional, y pospuso el Memorial para un momento más oportuno.

En una palabra, aunque pusimos mucho cuidado en que no tuviera más trabajo del que le convenía, y aunque no comenzó a principios de semana, ganó para el sábado por la noche diez chelines y nueve peniques; y mientras viva, jamás olvidaré cómo recorrió todas las tiendas del vecindario para cambiar este tesoro en monedas de seis peniques, ni cómo se las llevó a mi tía dispuestas en forma de corazón sobre una bandeja, con lágrimas de alegría y orgullo en los ojos.

Él parecía bajo la influencia propicia de un encanto, desde el momento en que se vio útilmente empleado; y si había un hombre feliz

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