virtud sanadora en él, se alejo por el camino desolado. Había estado enferma, probablemente durante mucho tiempo. Observé, en aquella más cercana oportunidad de observación, que estaba demacrada y ajada, y que sus ojos hundidos expresaban privación y sufrimiento.
La seguimos a corta distancia, ya que nuestro camino iba en la misma dirección, hasta que volvimos a las calles iluminadas y concurridas.
Tenía una confianza tan implícita en su afirmación, que entonces le planteé al señor Peggotty si no parecería, de entrada, que desconfiábamos de ella al seguirla más lejos. Como él opinaba lo mismo y confiaba igualmente en ella, dejamos que tomara su propio camino y tomamos el nuestro, que iba hacia Highgate.
Me acompañó una buena parte del trayecto; y cuando nos despedimos, con una plegaria por el éxito de este nuevo esfuerzo, había en él una compasión nueva y reflexiva que no me costó interpretar.