mi madre—, aunque había guardado el trozo de papel en el que venían envueltas, lo cual era un ahorro precioso. Cuando subimos a acostarnos, sacó todo lo comprado por valor de siete chelines y lo extendió sobre mi cama a la luz de la luna, diciendo:
“Ahí estás, joven Copperfield, y vaya banquete real que te has conseguido”.
No se me habría ocurrido hacer los honores del banquete, a mi edad, estando él presente; me temblaba la mano de solo pensarlo. Le rogué que me hiciera el favor de presidir; y como mi petición fue secundada por los otros muchachos que estaban en la habitación, accedió y se sentó sobre mi almohada, repartiendo los manjares —con absoluta equidad, debo decirlo— y sirviendo el vino de pasas en un vasito sin pie que era de su propiedad. En cuanto a mí, me senté a su izquierda, y los demás se agruparon a nuestro alrededor, en las camas más próximas y en el suelo.