El espíritu de Agnes impregnaba tanto todo lo que pensábamos, decíamos y hacíamos en aquel tiempo de dolor, que supongo que puedo atribuir el proyecto a su influencia. Pero su influencia era tan silenciosa que no sé nada más.
Y ahora, en verdad, comencé a pensar que en mi antigua asociación de ella con la vidriera de la iglesia, un presagio profético de lo que ella sería para mí, en la calamidad que habría de suceder con el tiempo, se había abierto camino en mi mente. En medio de todo aquel dolor, desde el momento, jamás olvidado, en que ella estuvo ante mí con la mano en alto, fue como una presencia sagrada en mi solitaria casa. Cuando el Ángel de la Muerte posó allí su vuelo, mi esposa-niña se durmió —así me lo dijeron cuando pude soportar oírlo— sobre su pecho, con una sonrisa. De mi desvanecimiento, desperté por primera vez a la consciencia de sus lágrimas compasivas, sus palabras de esperanza y paz, su apacible rostro inclinado, como desde una región más pura más cercana al Cielo, sobre mi indócil corazón, y mitigando su dolor.
Déjame continuar.
Yo debía ir al extranjero. Eso parecía haber estado decidido entre nosotros desde el principio. Cubierta ya la tierra sobre todo lo que podía perecer de mi difunta esposa, solo esperaba lo que el señor Micawber llamaba la «pulverización final de Heep»; y la partida de los emigrantes.
A petición de Traddles, el más afectuoso y devoto de los amigos en mi desgracia, regresamos a Canterbury: me refiero a mi tía, Agnes y a mí. Fuimos según lo previsto directamente a casa de Mr. Micawber; donde, y en la de Mr. Wickfield, mi amigo había estado trabajando sin descanso desde nuestra explosiva reunión. Cuando la pobre Mrs. Micawber me vio entrar con mis ropas negras, se sintió visiblemente afectada. Había una gran dosis de bondad en el