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nydus/David CopperfieldPublic
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LII. Asisto a una explosión

Miré la vieja casa desde la esquina de la calle, pero no me acerqué más a ella, no fuera a ser que, al ser observado, pudiera perjudicar sin pretenderlo el plan a cuya ejecución había venido a ayudar.

El sol de la mañana incidía de soslayo en sus gabletes y ventanas de celosía, tiñéndolas de oro; y algunos rayos de su antigua paz parecieron tocar mi corazón.

Me fui a dar un paseo por el campo durante una hora más o menos, y luego regresé por la calle principal, que en ese intervalo se había quitado de encima el sueño de la noche anterior. Entre los que andaban atareados por las tiendas, vi a mi antiguo enemigo el carnicero, ya promovido a botas de montar y un bebé, y con negocio propio. Estaba acunando al bebé y parecía ser un miembro benévolo de la sociedad.

Todos nos pusimos muy ansiosos e impacientes al sentarnos a desayunar. A medida que se acercaba más y más la hora de las nueve y media, nuestra inquieta expectativa respecto al señor Micawber aumentó.

Por fin dejamos de fingir que prestábamos atención a la comida, la cual, salvo en el caso del señor Dick, había sido una mera formalidad desde el principio; mi tía se paseaba de un lado a otro de la habitación, Traddles se sentaba en el sofá fingiendo leer el periódico con los ojos clavados en el techo, y yo miraba por la ventana para avisar con antelación de la llegada del señor Micawber.

Y no tuve que vigilar mucho tiempo, pues, al primer toque de la media hora, apareció en la calle.

—Aquí está —dije—, ¡y no con su atuendo legal!

Mi tía se atió las cintas de la capota (había bajado a desayunar con ella puesta) y se echó el chal por los hombros, como si estuviera preparada para cualquier empresa resuelta y sin concesiones. Traddles se abrochó la americana con aire decidido.

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