—¡Oh, Trot! —volvió a decir—; ¡ciega, ciega!; y sin saber por qué, sentí que una vaga e infeliz pérdida o carencia de algo me eclipsaba como una nube.
—Sin embargo —dijo mi tía—, no quiero quitarles la ilusión a dos jóvenes criaturas ni hacerlos infelices; así que, aunque es un cariño de muchachos, y los cariños de muchachos muy a menudo —¡atención! ¡no digo siempre!— no llegan a nada, de todos modos nos lo tomaremos en serio y esperaremos un desenlace próspero algún día de estos. ¡Hay tiempo de sobra para que llegue a algo!
Esto no era en conjunto muy consolador para un amante arrebatado; pero me alegraba tener a mi tía en mi confianza, y tenía muy presente que estaba fatigada.
Así que le agradecí ardientemente esta muestra de su afecto y todas sus otras bondades hacia mí; y tras un tierno buenas noches, se llevó su cofia a mi dormitorio.
¡Qué desgraciado fui al acostarme! ¡Cómo pensé y pensé en lo pobre que era a los ojos del señor Spenlow; en que yo no era lo que creía ser cuando le propuse matrimonio a Dora; en la caballerosidad con la que era necesario contarle a Dora cuál era mi situación material y liberarla de su compromiso si así lo deseaba; en cómo me las arreglaría para vivir durante el largo período de mis prácticas, cuando no ganaba nada; en hacer algo para ayudar a mi tía, sin ver el modo de lograrlo; en acabar sin un céntimo en el bolsillo, y vistiendo una chaqueta gastada, y sin poder llevarle a Dora pequeños regalos, ni montar en briosos corceles grises, ni presentarme bajo una luz favorable! Por mucho que supiera que era mezquino y egoísta, y por mucho que me torturara al saber que lo era, al dejar que mi mente se centrara tanto