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nydus/David CopperfieldPublic
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XVIII. Una retrospectiva

Cuando me visto (ocupación de dos horas), para un gran baile que dan los Larkins (anticipación de tres semanas), doy rienda suelta a mi imaginación con imágenes gratas. * Me imagino cobrando valor para declararme a la señorita Larkins. * Me imagino a la señorita Larkins apoyando la cabeza en mi hombro y diciendo: «¡Oh, señor Copperfield, pueden mis oídos dar crédito a lo que oyen!». * Me imagino al señor Larkins visitándome a la mañana siguiente y diciendo: «Mi querido Copperfield, mi hija me lo ha contado todo. La juventud no es ningún inconveniente. Aquí tiene veinte mil libras. ¡Sed felices!». * Me imagino a mi tía apiadándose y bendiciéndonos; y al señor Dick y al doctor Strong presentes en la ceremonia nupcial. Soy un muchacho sensato, creo —quiero decir, al echar la vista atrás—, y modesto estoy seguro; pero todo esto transcurre a pesar de ello. Me dirijo a la casa encantada, donde hay luces, parloteo, música, flores, oficiales (lo siento) y la mayor de las señoritas Larkins, hecha un derroche de belleza. Va vestida de azul, con flores azules en el cabello —no-me-olvides—, como si le hiciera falta llevar no-me-olvides. Es la primera fiesta de adultos a la que me invitan de verdad, y me siento un poco incómodo; pues parece que no pertenezco a nadie y nadie parece tener nada que decirme, salvo el señor Larkins, que me pregunta qué tal están mis compañeros de colegio, cosa que no tiene por qué hacer, ya que no he venido

Pero después de haber permanecido un rato en el umbral, y de haber recreado los ojos en la diosa de mi corazón, se me acerca —¡ella, la mayor de las señoritas Larkins!— y me pregunta amablemente si bailo.

Tartamudeo, haciendo una reverencia: «Con usted, señorita Larkins».

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