estremecerme. Steerforth había pronunciado un discurso sobre mí, durante el cual me había sentido conmovido casi hasta las lágrimas. Di las gracias, y esperé que los presentes cenaran conmigo mañana y pasado mañana —cada día a las cinco en punto, para que pudiéramos disfrutar de los placeres de la conversación y la compañía durante una larga velada. Me sentí en la obligación de proponer a una persona. ¡Les daría a mi tía! La señorita Betsey Trotwood, ¡la mejor de su sexo!
Alguien se asomaba por la ventana de mi dormitorio, refrescándose la frente contra la piedra fría del antepecho y sintiendo el aire en la cara. Era yo mismo. Me estaba dirigiendo a mí mismo como «Copperfield», y diciendo: «¿Por qué intentaste fumar? Podías haber sabido que no ibas a poder». Ahora bien, alguien contemplaba con paso inseguro sus facciones en el espejo. Ese era yo también. Estaba muy pálido en el espejo; mis ojos tenían una expresión vacía; y mi pelo —solo