eran más temibles que por la mañana. Pero ahora reinaba además una gran oscuridad, y eso revestía la tormenta de nuevos terrores, reales e imaginarios.
No podía comer, no podía estar quieto, no podía mantenerme firme en nada.
Algo dentro de mí, respondiendo débilmente a la tormenta de afuera, agitaba las profundidades de mi memoria y provocaba un tumulto en ellas.
Sin embargo, en medio del torbellino de mis pensamientos, corriendo frenético junto al mar rugiente, la tormenta y mi inquietud respecto a Ham estaban siempre en primer plano.
Mi cena se retiró casi intacta, y traté de reanimarme con una copa o dos de vino. En vano.
Caí en un sopor sombrío ante el fuego, sin perder la consciencia ni del tumulto que había afuera ni del lugar en el que me encontraba. Ambos quedaron ensombrecidos por un terror nuevo e indefinible; y cuando desperté —o más bien cuando me sacudí el letargo que me ataba a la silla—, todo mi ser vibraba con un miedo sin objeto e ininteligible.