“No tengo miedo de esa manera”, dijo la pequeña Em’ly.
“Pero me despierto cuando sopla el viento, y tiemblo al pensar en el tío Dan y en Ham, y creo oírles pedir ayuda. Por eso me gustaría tanto ser una señora. Pero no tengo miedo de esa manera. Ni un poco. ¡Mira!”
Se apartó de mi lado y corrió por una madera mellada que sobresalía del lugar en que nos hallábamos, y pendía sobre el agua profunda a cierta altura, sin la menor protección.
El incidente está tan grabado en mi memoria que, si fuera dibujante, me atrevo a decir que podría trazar aquí su forma con tanta precisión como era aquel día, y a la pequeña Em’ly saltando hacia su destrucción (según me pareció), con una mirada que jamás he olvidado, dirigida mar adentro.
La figura ligera, audaz y revoloteadora se dio la vuelta y volvió sana y salva hacia mí, y pronto me reí de mis temores y del grito que había lanzado; inútil en cualquier caso, pues no había nadie cerca. Pero ha