casa, con mi hermano, que es como yo, y mi hermana, que es como yo, cuando mi jornada de trabajo ha terminado. Tal vez entonces no seas muy duro conmigo, ni te extrañe que pueda sentir angustia y seriedad. ¡Buenas
Le di la mano a la señorita Mowcher, con una opinión muy diferente de ella de la que hasta entonces había tenido, y abrí la puerta para dejarla salir.
No fue un asunto baladí conseguir abrir el gran paraguas y equilibrarlo debidamente en sus manos; pero al fin logré con éxito este cometido y la vi avanzar dando botes por la calle bajo la lluvia, sin la menor apariencia de llevar a nadie debajo, salvo cuando una caída de agua más intensa de lo habitual procedente de algún canalón repleto lo hacía tambalearse hacia un lado, dejando ver a la señorita Mowcher forcejeando violentamente para enderezarlo.
Tras hacer una o dos incursiones en su auxilio, las cuales resultaron inútiles debido a que el paraguas volvía a dar saltos, como un pájaro inmenso, antes de que pudiera alcanzarlo, entré, me fui a la cama y dormí hasta la mañana.
Por la mañana se me unieron el señor Peggotty y mi vieja niñera, y fuimos a una hora temprana a la oficina de diligencias, donde la señora Gummidge y Ham estaban esperando para despedirse de nosotros.
—Mas’r Davy —susurró Ham, haciéndome a un lado, mientras el señor Peggotty acomodaba su morral entre el equipaje—, su vida está totalmente rota. No sabe adónde va; no sabe qué le aguarda; emprende un viaje que va a durar, intermitentemente, el resto de sus días, créame usted, a menos que encuentre lo que anda buscando. Estoy seguro de que usted será un amigo para él, ¿verdad, Mas’r Davy?
—Confía en mí, que así lo haré —dije, estrechándole la mano a Ham con fervor.