Oí decir que al señor Sharp y al señor Mell se les pagaba miserablemente a ambos; y que, cuando había carne fría y caliente para cenar en la mesa del señor Creakle, al señor Sharp siempre se esperaba que dijera que prefería la fría; lo cual fue corroborado a su vez por J. Steerforth, el único alumno interno de pago. Oí decir que la peluca del señor Sharp no le quedaba bien; y que no necesitaba ponerse tan «altanero»—alguien dijo «pedante»— al respecto, puesto que su propio pelo rojo se veía muy claramente por detrás.
Oí que un muchacho, hijo de un carbonero, había venido como compensación por la factura del carbón, y por esa razón lo llamaban «Cambio o Trueque»—un nombre elegido del libro de aritmética que expresaba tal arreglo.
Oí que la cerveza de mesa era un robo a los padres, y el pudín, una imposición.
Oí que la señorita Creakle era considerada por la escuela en general como enamorada de Steerforth; y estoy seguro de que, mientras estaba sentado en la oscuridad, pensando en su voz agradable, su rostro apuesto, sus maneras desenvueltas y su pelo rizado, me pareció muy probable.
Oí que el señor Mell no era mal tipo, pero que no tenía ni un céntimo en el bolsillo; y que no cabía duda de que la anciana señora Mell, su madre, era más pobre que Job.
Pensé entonces en mi desayuno y en lo que había sonado como «¡Mi carita!», pero me guardé silencio, me alegra recordarlo, como un ratón.
El relato de todo esto, y de mucho más, se prolongó bastante después del banquete. La mayor parte de los invitados se había ido a la cama tan pronto como terminaron de comer y beber; y nosotros, que nos habíamos quedado susurrando y escuchando medio desvestidos, al fin nos fuimos a la cama también.