reconocimiento mutuo. De mi amigo Heep —dijo el señor Micawber—, que es un hombre de notable sagacidad, deseo hablar con todo el respeto posible. Mi amigo Heep no ha fijado la remuneración definitiva en una cifra muy alta, pero ha condicionado una gran parte, en lo que respecta a la liberación de la presión de las dificultades pecuniarias, al valor de mis servicios; y en el valor de esos servicios cifro mi fe. La destreza y la inteligencia que por casualidad poseo —dijo el señor Micawber, desmereciéndose con jactancia y con su viejo aire distinguido— serán consagradas al servicio de mi amigo Heep. Ya tengo cierta familiaridad con la ley —como demandado en un proceso civil— y voy a aplicarme inmediatamente a los Comentarios de uno de los más eminentes y notables de nuestros juristas ingleses. Creo que es innecesario añadir que me refiero al juez Blackstone”.
Estas observaciones, y en verdad la mayor parte de las observaciones hechas aquella noche, se vieron interrumpidas porque la señora Micawber descubrió que el joven amo Micawber estaba sentado sobre sus botas, o se sostenía la cabeza con ambos brazos como si la sintiera floja, o pateaba por accidente a Traddles debajo de la mesa, o cruzaba los pies de un modo antinatural, o los estiraba a distancias de su cuerpo aparentemente contrarias a las leyes de la naturaleza, o yacía de lado con el cabello entre las copas de vino, o manifestaba su inquietud de extremidades de alguna otra forma incompatible con los intereses generales de la sociedad; y porque el joven amo Micawber recibió dichos descubrimientos con espíritu resentido.
Yo me quedé sentado todo el tiempo, anonadado por la revelación del señor Micawber y preguntándome qué significaría; hasta que la señora Micawber reanudó el hilo de la conversación y reclamó mi atención.
—Lo que le ruego encarecidamente al señor Micawber que tenga en cuenta —dijo la señora Micawber—, es que no vaya a ser, querido señor Copperfield, que al dedicarse a esta rama subordinada de la abogacía, se