Y ahora caí en un estado de abandono sobre el cual no puedo mirar atrás sin compasión. Caí de golpe en una condición solitaria —apartado de toda atención amistosa, apartado de la compañía de todos los demás muchachos de mi propia edad, apartado de toda camaradería salvo la de mis propios pensamientos desanimados— que parece proyectar su penumbra sobre este papel mientras escribo.
¡Qué no habría dado por haber sido enviado a la escuela más dura que jamás hubiera existido!, ¡por haber aprendido algo, de cualquier modo, en cualquier parte! Ninguna esperanza semejante amaneció para mí. Me aborrecían; y con hosquedad, severidad y constancia, me ignoraban. Creo que por entonces los recursos del señor Murdstone escaseaban; pero eso viene poco al caso. No podía verme; y al alejarme de su lado intentaba, según creo, alejar la idea de que yo tenía derecho alguno a reclamarle algo..., y lo logró.
No se me maltrataba activamente. No me golpeaban ni me dejaban pasar hambre; pero el agravio que se me infligía no tenía tregua alguna, y se cometía de manera sistemática y desapasionada.
Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, se me ignoraba con frialdad. A veces, cuando lo pienso, me pregunto qué habrían hecho si hubiera enfermado; si me habría tendido en mi solitaria habitación para consumirme en ella a mi modo habitual y solitario, o si alguien me habría socorrido.
Cuando el señor y la señorita Murdstone estaban en casa, hacía las comidas con ellos; en su ausencia, comía y bebía a solas. Todo el tiempo andaba por la casa y los alrededores completamente ignorado, salvo que miraban con malos ojos que hiciera cualquier amistad: pensando, tal vez, que si la hacía, podría quejarme con alguien. Por esta razón, aunque el señor Chillip me pedía a menudo que fuera a verlo (era viudo, pues años atrás había perdido a una mujercita de pelo