Diciendo esto, se puso de puntillas hacia la puerta, que yo había dejado abierta, y la cerró con cuidado. Luego volvió y retomó su posición anterior. Había una ostentosa muestra de celo compasivo en su voz y en sus modales, más intolerable —al menos para mí— que cualquier otro comportamiento que hubiera podido adoptar.
—He considerado que era mi deber, maestro Copperfield —dijo Uriah—, señalarle al doctor Strong de lo que usted y yo ya hemos hablado. Pero no me entendió usted del todo, ¿verdad?
Le dirigé una mirada, pero ninguna otra respuesta; y, acercándome a mi querido y viejo amo, le dije unas pocas palabras que pretendían ser de consuelo y ánimo.
Me puso la mano sobre el hombro, como solía hacerlo cuando yo era un muchachito, pero no levantó su cabeza gris.
—Como no me ha entendido, maestro Copperfield —reanudó Uriah con la misma actitud oficiosa—, me tomo la libertad de mencionar humildemente, ya que estamos entre amigos, que he llamado la atención del doctor Strong sobre el comportamiento de la señora Strong. Me cuesta muchísimo, se lo aseguro, Copperfield, verme metido en algo tan desagradable; pero la verdad, tal como están las cosas, todos nos estamos involucrando en lo que no debiéramos. Eso era lo que quería decirle, señor, cuando usted no me ha entendido.
Me pregunto ahora, al recordar su mirada socarrona, cómo no lo agarré por el cuello y traté de sacarle el aire del cuerpo a sacudidas.
—Me atrevo a decir que no me expliqué muy bien —continuó—, ni usted tampoco. Naturalmente, los dos estábamos inclinados a evitar un tema semejante. Sin embargo, por fin me he decidido a hablar claro; y le he mencionado al doctor Strong que—, ¿habló usted, señor?