¡Ahora, ya sé que les voy a romper el corazón, pero me veo obligada a dejarlos! Deben armarse de valor e intentar soportarlo. ¡Adiós, señor Copperfield! ¡Cuídese, jinete de Norfolk! ¡Cómo he estado charlando por los codos! Es todo culpa de ustedes dos, malvados. ¡Los perdono! «Bob swore» —como dijo el inglés por «Buenas noches», cuando aprendió francés por primera vez y le pareció tan parecido al inglés—. ¡«Bob swore», mis patitos!”.
Con el bolso colgado del brazo, y tintineando mientras se alejaba con andgar anadeante, se encamino a la puerta, donde se detuvo para preguntar si debíamos dejarle un mechón de su cabello.
—¿A que soy volátil? —añadió, a modo de comentario sobre este ofrecimiento, y, con el dedo en la nariz, se marchó.
Steerforth se rio a tal grado, que me fue imposible no reírme también; aunque no estoy seguro de que lo hubiera hecho, de no ser por ese estímulo. Cuando hubimos acabado de reírnos por completo, lo que ocurrió al cabo de un buen rato, me contó que la señorita Mowcher tenía una clientela bastante extensa, y que se hacía útil a una variedad de personas de una variedad de maneras. Algunas personas la trataban con ligereza como a una mera excentricidad, dijo; pero era tan astuta y perspicaz como cualquiera que conociera, y tan calculadora como corta de brazos. Me contó que lo que ella había dicho acerca de estar aquí, allá y en todas partes, era bastante cierto; pues hacía pequeñas incursiones en provincias, y parecía conseguir clientes por doquier y conocer a todo el mundo. Le pregunté cómo era su carácter: si era en algo traviesa, y si sus simpatías solían estar del lado correcto de las cosas; pero, al no lograr atraer su atención hacia estas preguntas tras dos o tres intentos, me