arrobamiento si se les hubiera propuesto el matrimonio con Dora; ¡cómo Dora podría haber cantado y tocado aquella guitarra glorificada hasta llevarme al borde de la locura, sin haber tentado ni una pulgada a ninguno de aquellos pachorrientos para apartarlo de su camino!
Los aborrecía a todos sin excepción. Antiguos jardineros congelados en los arriates del corazón, me tomé como una afrenta personal a cada uno de ellos.
La Magistratura no era para mí más que un mastuerzo insensible. La Abogacía no tenía más ternura ni poesía que el mostrador de una taberna.
Tomando la gestión de los asuntos de Peggotty en mis propias manos, con no poco orgullo, probé el testamento, llegué a un acuerdo con la oficina de impuestos sucesorios, la llevé al Banco y pronto puse todo en orden.
Variamos el carácter legal de estos trámites yendo a ver unas figuras de cera sudorosas en Fleet Street (deshechas, espero, desde hace veinte años); y visitando la exposición de la señorita Linwood, que recuerdo como un mausoleo de labores de aguja, propicio para el examen de conciencia y el arrepentimiento; y recorriendo la Torre de Londres; y subiendo a lo alto de la catedral de San Pablo.
Todas estas maravillas le proporcionaron a Peggotty tanto placer como era capaz de disfrutar, dadas las circunstancias: excepto, creo, San Pablo, que, debido a su largo apego a su costurero, se convirtió en rival del cuadro de la tapa y resultó ser, en algunos aspectos, vencido, según consideraba ella, por dicha obra de arte.
Arreglado el asunto de Peggotty, que era lo que en los tribunales solíamos llamar «asunto de trámite común» (y muy ligero y lucrativo que era el asunto de trámite común), la llevé a la oficina una mañana para que pagara su cuenta.