Me preguntaba en qué estaría pensando, mientras contemplaba en admirativo silencio la pequeña y suave mano que recorría la hilera de botones de mi abrigo, los crespos cabellos que reposaban contra mi pecho y las pestañas de sus ojos bajados, que se alzaban ligeramente mientras seguían sus dedos ociosos.
Al fin alzó los ojos hacia los míos, y se puso de puntillas para darme, con más meditación que de costumbre, aquel precioso besito —una, dos, tres veces— y salió de la habitación.
Todos volvieron a reunirse en el espacio de cinco minutos, y la inusual taciturnidad de Dora había desaparecido por completo para entonces. Estaba decidida, entre risas, a hacer que Jip realizara todos sus trucos antes de que llegara el coche de caballos.
Le llevó un tiempo (no tanto por la variedad de estos como por la renuencia de Jip), y aún no habían terminado cuando se oyó el carruaje en la puerta.
Hubo una despedida apresurada pero cariñosas entre Agnes y ella; y Dora le escribiría a Agnes (la cual, según dijo, no debía importarle que sus cartas fueran tontas), y Agnes le escribiría a Dora; y se despidieron por segunda vez en la puerta del coche, y por tercera cuando Dora, a pesar de las reconvenciones de la señorita Lavinia, salió corriendo una vez más para recordarle a Agnes junto a la ventanilla del carruaje lo de las cartas, y para agitar sus rizos hacia mí, que iba en el pescante.
El coche de línea debía dejarnos cerca de Covent Garden, donde habríamos de tomar otro para Highgate. Yo estaba impaciente por dar ese breve paseo en el intervalo, para que Agnes me alabara a Dora. ¡Ah! ¡Qué alabanzas eran aquellas!