regulares para que me enseñara mi oficio. Se llamaba Mick Walker y llevaba un delantal harapiento y un gorro de papel. Me informó de que su padre era barquero y que marchaba, con un tocado de terciopelo negro, en el desfile del Lord Mayor. También me informó de que nuestro principal compañero sería otro muchacho a quien me presentó con el —para mí— extraño nombre de Mealy Potatoes (Patatas Harinosas). Descubrí, sin embargo, que a este joven no lo habían bautizado con ese nombre, sino que se lo habían endilgado en el almacén debido a su tez, que era pálida o harinosa. El padre de Mealy era barquero, con el mérito añadido de ser bombero, y trabajaba como tal en uno de los grandes teatros; donde algún pariente joven de Mealy —creo que su hermanita— hacía de diablillo en las pantomimas.
No hay palabras que puedan expresar la secreta agonía de mi alma al hundirme en esta compañía; al comparar a estos compañeros de ahí en adelante cotidianos con los de mi infancia más feliz —por no decir con Steerforth, Traddles y el resto de aquellos muchachos—, y sentir cómo se aplastaba en mi pecho toda esperanza de llegar a ser de mayor un hombre culto y distinguido. El profundo recuerdo de la certeza que tenía de hallarme ahora totalmente sin esperanza; de la vergüenza que sentía por mi posición; de la desgracia que suponía para mi joven corazón creer que día tras día lo que había aprendido, pensado y con lo que me había deleitado, y con lo que había elevado mi fantasía y mi emulación, se iría desvaneciendo de mí, poco a poco, para no volver jamás; no se puede escribir. Tan a menudo como Mick Walker se iba en el transcurso de aquella mañana, mezclaba mis lágrimas con el agua en la que lavaba las botellas, y sollozaba como si tuviera una grieta en el propio pecho y este corriera el peligro de estallar.
El reloj del despacho marcaba las doce y media, y había preparativos generales para ir a comer, cuando el señor Quinion golpeó en la ventana