Al quedarme quieto después de eso, descubrí que se sentía cerca de mí, susurrándose a sí misma: «¡Pobre muchacho!». Y entonces me hizo veinte veces más desdichado saber cuán desinteresadamente pendiente estaba ella de mí, y cuán egoístamente pendiente estaba yo de mí mismo.
Era difícil creer que una noche tan larga para mí pudiera ser corta para cualquier otro.
Esta reflexión me hizo pensar y pensar en una fiesta imaginaria donde la gente bailaba las horas hasta que aquello también se convirtió en un sueño, y oí la música tocando incesantemente una sola melodía, y vi a Dora bailando incesantemente una sola danza, sin prestarme la menor atención.
El hombre que había estado tocando el arpa toda la noche intentaba en vano cubrirla con un gorro de dormir de tamaño corriente, cuando me desperté; o más bien debería decir, cuando dejé de intentar dormirme y vi por fin el sol brillar a través de la ventana.
Por entonces había un viejo baño romano al final de una de las calles que salían del Strand—puede que siga allí todavía—, en el que me di muchos chapuzones de agua fría. Vistiéndome tan silenciosamente como pude y dejando a Peggotty al cuidado de mi tía, me metí de cabeza en él y luego fui a dar un paseo a Hampstead. Tenía la esperanza de que este tratamiento enérgico me despejara un poco la mente, y creo que le sentó bien, pues pronto llegué a la conclusión de que el primer paso que debía dar era intentar que se anulasen mis artículos y se recuperara la prima. Tomé un poco de desayuno en el brezal y regresé a pie a Doctors’ Commons, bordeando las calles regadas y a través de un agradable olor a flores de verano, que crecían en los jardines y eran llevadas a la ciudad sobre las cabezas de los buhoneros, concentrado en este primer esfuerzo por hacer frente a nuestra nueva situación.
Llegué a la oficina con tanta anticipación, después de todo, que tuve media hora para rondar por los tribunales antes de que el viejo Tiffey,