No pude verle a causa de las lágrimas que su fervor y su bondad, tan enmarcados por la perfecta sencillez de su trato —a la que a su vez enmarcaban—, me arrancaron a los ojos. Ya se había dirigido hacia la puerta, cuando añadió:
«Caballeros, les he mostrado mi corazón. Estoy seguro de que lo respetarán. Lo que hemos dicho esta noche no volverá a decirse jamás. ¡Wickfield, dame el brazo de un viejo amigo para subir arriba!»
Mr. Wickfield se apresuró hacia él. Sin intercambiar una palabra, salieron lentamente de la habitación juntos, con Uriah mirándolos fijamente al irse.
—¡Vaya, maestro Copperfield! —dijo Uriah, volviéndose hacia mí con docilidad—. La cosa no ha tomado exactamente el giro que cabía esperar, porque el viejo erudito —¡qué hombre tan excelente!— es más ciego que un ladrillo, ¡pero creo que a esta familia se le ha acabado el chollo!
Bastó el sonido de su voz para enfurecer de tal modo como nunca antes lo había estado, y como jamás lo he vuelto a estar.
—Villano —le dije—, ¿qué intenciones tienes al atraparme en tus maquinaciones? ¿Cómo osas apelar a mí en este preciso instante, falso bribón, como si hubiéramos estado discutiendo juntos?
Mientras nos quedábamos de pie, frente a frente, vi con tanta claridad, en el júbilo furtivo de su rostro, lo que ya sabía con tanta claridad; quiero decir que me imponía su confidencia expresamente para hacerme desgraciado, y que me había tendido una trampa deliberada precisamente en este asunto; que no pude soportarlo.
Toda su mejilla cetrina se ofrecía tentadoramente ante mí, y la golpeé con la mano abierta con tanta fuerza que los dedos me hormigueaban como si me los hubiera quemado.