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nydus/David CopperfieldPublic
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El hogar de Steerforth

El hogar de Steerforth

Cuando la camarera llamó a mi puerta a las ocho, y me informó de que tenía el agua para afeitarme fuera, sentí profundamente no tener que usarla, y me sonrojé en la cama.

La sospecha de que ella también se había reído al decirlo me carcomió la mente todo el tiempo que duró mi aseo; y me dio, bien lo sabía yo, un aire furtivo y culpable cuando pasé junto a ella en la escalera, camino de desayunar.

Estaba tan sensibilizado, en efecto, con ser más joven de lo que hubiera deseado, que durante un buen rato no me decidí a pasar a su lado bajo ningún concepto, dadas las ignominiosas circunstancias del caso; sino que, oyéndola por allí con una escoba, me quedé mirando por la ventana a Carlos I a caballo, rodeado por un laberinto de coches de alquiler y con un aspecto de todo menos real bajo una llovizna y una neblina de color pardo oscuro, hasta que el camarero me advirtió de que el caballero me estaba esperando.

No fue en el salón del café donde encontré a Steerforth esperándome, sino en un acogedor aposento privado, con cortinas rojas y alfombra de Turquía, donde el fuego ardía con fuerza y un espléndido desayuno caliente se servía sobre una mesa cubierta con un mantel limpio; y una alegre miniatura de la habitación, del fuego, del desayuno, de Steerforth y de todo lo demás brillaba en el pequeño espejo redondo situado sobre el aparador. Al principio me sentí un tanto tímido, ya que Steerforth era tan seguro de sí mismo, tan elegante y tan superior a mí en todos los aspectos

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