nueva obligación amistosa a las muchas que ya me ha prestado. Con besos de los niños y una sonrisa del felizmente inconsciente desconocido, quedo de usted, querido señor Copperfield,
No me sentí con derecho a darle a una esposa de la experiencia de la señora Micawber otra recomendación que no fuera que intentara reformar al señor Micawber mediante la paciencia y la amabilidad (como ya sabía que haría de todos modos); pero la carta me dejó pensando mucho en él.