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nydus/David CopperfieldPublic
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XL. El caminante

—¿Lleva otra carta en la mano? —dije yo.

—Es dinero, señor —dijo el señor Peggotty, abriéndolo un poco—. Diez libras, ya ve. Y escrito dentro, «De un verdadero amigo», como la primera. Pero la primera la pusieron debajo de la puerta, y esta llegó por correo, anteayer. Voy a buscarla por el matasellos.

Me lo enseñó. Era una ciudad del Alto Rin. Había encontrado en Yarmouth a unos comerciantes extranjeros que conocían aquella región, y le habían dibujado en un papel un mapa burdo que él podía entender perfectamente.

Lo extendió entre nosotros sobre la mesa y, apoyando la barbilla en una mano, fue siguiendo su ruta en él con la otra.

Le pregunté cómo estaba Ham. Movió la cabeza.

—Trabaja —dijo—, tan duro como puede un hombre. Su nombre es tan bueno, en toda esa zona, como el de cualquiera, en cualquier parte del mudo. La mano de cualquiera está lista para ayudarlo, ya comprende, y la suya está lista para ayudarlos a ellos. Jamás se le ha oído quejarse. Pero la creencia de mi hermana es (entre nosotros) que le ha dolido profundamente.

“¡Pobre hombre, puedo creerlo!”

—No le importa nada, amo Davy —dijo el señor Peggotty en un susurro solemne—; como que no le importa su vida de ningún modo. Cuando se necesita a un hombre para un servicio duro en mal tiempo, él está ahí. Cuando hay que cumplir con un duro deber que entraña peligro, se adelanta a todos sus compañeros. Y, sin embargo, es tan apacible como un niño. No hay un solo niño en Yarmouth que no lo conozca.

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